viernes, 20 de julio de 2012

La anéctoda del gazpacho



  
   Hoy comimos en casa de mis padres y durante la sobremesa, salió a relucir lo normal que es la pérdida de apetito durante los meses de verano y cómo, por el contrario, apetece mucho el beber líquido.

   Casi al unísono, mi madre me ofreció un vaso de gazpacho para iniciar la comida; para mi el gazpacho es como las judías verdes o las lentejas, si tengo que comerlo porque no haya más remedio, pues lo como, pero si puedo esquivarlo lo prefiero. Nunca he sido muy amigo de la textura empalagosa del gazpacho, de los tropezones. Justo al rechazar el ofrecimiento de mi madre, mi padre me lanzó el reto de tratar en el post de hoy la famosa anécdota del gazpacho, que me ocurrió cuando yo tenía, más o menos 14 años.

   Siempre he sido más de letras que de ciencias, si bien es cierto que lo que me costaba de una manera u otra era sentarme a estudiar, porque admito que tonto no he sido nunca ni lo soy ahora. Pues bien, cuando comencé BUP en el colegio de las monjas del Sagrado Corazón, una de mis cuestas arriba más pronunciadas eran las matemáticas y de hecho no pasaba ni una sóla evaluación sin traer suspensa la citada asignatura en mi mochila desde Fuencarral a Alcobendas.

    Mis padres, como siempre, intentaron ayudarme y buscar una solución, que no fue otra que contratar el apoyo de una chica que me daría clases un par de días a la semana para recuperar el suspenso. La chica se llamaba Manuela, la verdad es que bastante guapa y vivía en la otra punta de lo que aquel día era Alcobendas (hoy el que vive en la otra punta soy yo), en el barrio de la Zaporra.

   En lugar de venir Manuela a mi casa, tras la primera entrevista para conocernos, se acordó que yo iría a su casa para dar las clases. Siempre que yo acudía a su casa me recibía su madre, que poco a poco me fue cogiendo mucho cariño y prueba de ello era los pellizcos que me pegaba en la mejilla todo los santos días que iba a recibir las clases de apoyo. Manda narices, yo que ya iba mosqueado porque me tocaba meterme dos horas de matemáticas, sabía que encima, a los dos segundos de tocar el timbre de aquel chalet pareado me llevaría un pellizco que se lo daría yo de buena gana en...

   Pero la tarde de marras sucedió una cosa que no esperábamos. La semana anterior, por motivos laborales de Manuela, hubo que cambiar una clase y la aplazamos para la semana próxima. O Manuela se explicó mal o yo no la entendí bien, el caso es que hubo una confusión, cuando yo llegué aquella tarde a casa de Manuela, me abrió su madre, me pegó el pellizco de rigor y justo a continuación me dijo que Manuela no estaba en casa. Como alternativa, y ya que por aquel entonces no existían los teléfonos móviles todavía, su madre me propuso que subiese a su habitación y la esperase allí porque seguro que no tardaría. Nada más entrar en la habitación de Manuela hubo una cosa que ya me hizo presagiar que había algún error, ya que siempre que yo iba a recibir clases, Manuela tenía su habitación en perfecto estado de revista y aquella tarde había un sujetador negro sobre una silla y unas chanclas junto al escritorio.

   En fin, intenté que mis hormonas no me convenciesen para echar el sujetador a la mochila y me dispuse a abrir el libro, ponerlo sobre el escritorio y hacer tiempo, para ver si llegaba mi profesora particular. Era verano y como el camino desde la casa de mis padres era todo cuesta arriba, parece ser que llegué más colorado de la cuenta, así que tan sólo dos minutos después de mi llegada, la madre de Manuela asomó por la puerta con un vaso de gazpacho sobre un plato blanco. ¡El vaso era inmenso!. Yo puse buena cara e intenté disimular para retrasar lo máximo posible el trago (era espesísimo), pero la madre de Manuela no se marchó hasta que lo había probado y ante la inevitable pregunta de "¿te gusta?", no tuve otra opción que responder con una sonrisa y asegurar que estaba exquisito.

   La buena mujer con la tranquilidad de que me había encantado su gazpacho bajó las escaleras para dejarme estudiar. Tenía ante mí un vaso del tamaño de los rascacielos de Plaza Castilla, tenía que beberlo como fuese, así que a la vez que me tapaba la nariz, le fui pegando buchitos muy breves hasta que por fin, lo terminé. Manuela no llegaba, así que miraba mi reloj cada dos por tres y me propuse que cuando llegase la aguja del minutero al 12 comenzaría  a recoger mis cosas y me bajaría a casa de mis padres. ¡¡¡Al traste mis planes!!! No, no es que Manuela llegase, ¡¡¡peor!!! escuché los pasos de la madre de Manuela subiendo las escaleras de madera, y recé, recé mucho para que no se cumpliese mi presentimiento, pero se ve que Dios estaba en algo más importante, porque acerté con mi presagio, la madre de Manuela me traía otro "vasito" de gazpacho y otro pellizco.

   Yo educadamente di las gracias a la Señora e inmediatamente después, ella retomó el camino hacia la planta baja. Sé que está mal, sé que no es correcto, pero estaba ya de gazpacho hasta las orejas, así que la solución fue rápida, eficaz y drástica, fui al baño, simulé una meada con el vaso de gazpacho, tiré de la cisterna dos veces para que el retrete se tragase los tropezones de pepino, dejé el vaso sobre el escritorio de Manuela y tras recoger mi mochila a la velocidad de la luz me despedí de la encantadora señora poniendo como excusa que tenía que ir a comprar con mis padres y era tarde. Cuando cerré la cancela del chalet eché a correr sin mirar atrás por si me llenaba un taper del jodido gazpacho para cenar...

   Esa es la anécdota, ahora me río, pero cuando la vi asomar por la puerta con el segundo vaso XXXL de gazpacho yo me quería morir, me corría por la frente cada gota de sudor como fundas de guitarra.

   Ya contaré otro día la anécdota de los zapatos, que esa seguro que le hará más gracia a mi madre que a mi padre.

   Pero eso será otro día, ahora toca imitar a Laia y a su mamá.

   Buenas noches a tod@s.

1 comentario:

  1. Un gazpacho bien hecho, con mucho tomate, y bien frio, es exquisito, pero si no te " gusta ", te recomiendo un salmorejo, tambien bien frio, y con su indispensable guarnición, de jamon serrano y huevos duros.

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